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Observar el pasado desde el presente: la multitemporalidad en la etnografía digital
Resumen: En este artículo se presenta una modalidad de observación etnográfica digital que se emplaza en la multitemporalidad que oscila entre el pasado y el presente. Para fundamentar esta perspectiva se plantea que la multitemporalidad representa una característica constitutiva del método etnográfico, visible, al menos, en la observación y el registro en el diario de campo, la conformación del archivo etnográfico personal, así como la interpretación y la escritura etnográfica. Posteriormente, se detalla que, en la etnografía digital, la observación del pasado desde el presente es posible gracias a tres revoluciones sociotecnológicas —la del teléfono móvil, la de internet y la de las redes sociodigitales— en convergencia con el giro visual. Por último, se retorna a la multitemporalidad como un recurso que permite delinear algunos escenarios de la etnografía digital hacia el futuro, sin olvidar el presente, el cual se explora por medio de un mapa de posibilidades compuesto por cuatro coordenadas: el tiempo, el espacio, la disciplina y el posicionamiento de la persona etnógrafa.
Palabras clave: Etnografía digital, Observación etnográfica, Multitemporalidad, Pasado y presente.
Observe the past from the present: multitemporality in digital ethnography
Abstract: This article presents a form of digital ethnographic observation that is situated in the multitemporality that oscillates between the past and the present. To support this perspective, it is argued that multitemporality represents a constitutive characteristic of the ethnographic method, visible, at least, in the observation and recording in the field diary, the formation of the personal ethnographic archive, as well as the interpretation and ethnographic writing. It is then explained that, in digital ethnography, the observation of the past from the present is possible thanks to three socio-technological revolutions—that of the mobile phone, that of the Internet, and that of socio-digital networks—in convergence with the visual turn. Finally, it returns to multitemporality as a resource that allows outlining some scenarios of digital ethnography towards the future, without forgetting the present, which is explored through a map of possibilities composed of four coordinates: time, space, discipline, and the positioning of the ethnographer.
Keywords: Digital ethnography, Ethnographic observation, Multitemporality, Past and present.
Observando o passado a partir do presente: multitemporalidade na etnografia digital
Resumo: Este artigo apresenta uma modalidade de observação etnográfica digital que se baseia na multitemporalidade que oscila entre o passado e o presente. Para sustentar essa perspectiva, propõe-se que a multitemporalidade representa uma característica constitutiva do método etnográfico, visível, pelo menos, na observação e no registro no diário de campo, na formação do arquivo etnográfico pessoal, bem como na interpretação e escrita etnográfica. Posteriormente, detalha-se que, na etnografia digital, a observação do passado a partir do presente é possível graças a três revoluções sociotecnológicas –a do telemóvel, a da internet e a das redes sociodigitais– em convergência com a virada visual. Por fim, a multitemporalidade é devolvida como um recurso que nos permite traçar alguns cenários da etnografia digital rumo ao futuro, sem esquecer o presente, que é explorado através de um mapa de possibilidades composto por quatro coordenadas: tempo, espaço, a disciplina e o posicionamento do etnógrafo.
Palavras-chave: Etnografia digital, Observação etnográfica, Multitemporalidade, Passado e presente.
Introducción
La etnografía es un método de investigación orientado a la observación, descripción y análisis de las prácticas sociales desde un paradigma interpretativo. Si bien surgió en los andamiajes de la antropología, actualmente su implementación y alcance para formular respuestas a los problemas de investigación de nuestro tiempo se sitúa en el diálogo y relaciones que se establecen entre diferentes disciplinas, tal como sucede con una de sus modalidades: la etnografía digital.
De acuerdo con Hine (2015) la etnografía digital es un método inmersivo —por lo tanto se caracteriza por la larga duración del trabajo de campo y la participación de la persona etnógrafa— se enclava en marcos de acción y significación producidos por medio de las prácticas sociales en Internet, que se viven de manera integrada, encarnada y cotidiana, en entornos de campo difusos e impredecibles que se construyen a partir de patrones de conexión y circulación entre las formas de interacción mediadas por computadora y cara a cara.
Como sostuve anteriormente (Bárcenas Barajas y Preza Carreño, 2019), en los engranajes de la antropología con la comunicación y las ciencias de la computación, se construye un conjunto de principios metodológicos que sustentan el estudio de las prácticas sociales por medio de la etnografía digital. Sin embargo, en estas páginas, presento una perspectiva que retoma fundamentos de la antropología y la historia, en diálogo con tres revoluciones sociotecnológicas (la del teléfono móvil, la de internet y la de las redes sociodigitales), para mostrar otra modalidad de observación etnográfica digital: la observación del pasado desde el presente.
En nuestros días, las capacidades performativas, de interacción y comunicación de internet, como “un espacio para actuar y un espacio que se sustenta en acciones” (Hine, 2004, p. 144), en conjunto con el registro y almacenamiento que posibilitan diversos sitios, redes y plataformas, construyen una multitemporalidad que abre otros itinerarios etnográficos para observar desde el presente prácticas sociales que ya ocurrieron.
De esta manera, la aproximación que aquí propongo se separa de enfoques que circunscriben los registros e inscripciones en internet y, en consecuencia, las prácticas sociales que enmarcan, a la conformación de fuentes de la historia, principal disciplina orientada al estudio de pasado. Más bien, prioriza una perspectiva situada en la observación etnográfica digital que, al mismo tiempo, revela las implicaciones del pasado para este método.
Construyo este posicionamiento como resultado de la propia implementación de la observación etnográfica digital en una investigación que realicé de 2017 a 2022 sobre los movimientos antigénero en México y Brasil donde, en conjunto con la observación etnográfica en el espacio público, mi trabajo de campo se llevó a cabo por medio de una observación del pasado desde el presente en espacios digitales. Si bien en un inicio esta modalidad de observación respondía a las particularidades del problema de investigación, también fue resultado de la imposibilidad de estar en ambos países al mismo tiempo en el flujo de los acontecimientos que enmarcaron la temporalidad enunciada, como las elecciones presidenciales de 2018, además de las restricciones para el desplazamiento impuestas por la pandemia global provocada por la COVID 19.
La observación fue posible gracias a herramientas como mi teléfono celular y aplicaciones para grabar la pantalla mientras escroleaba por diferentes espacios de interacción que me mostraban inscripciones alojadas en posts de redes sociodigitales donde fue observable la realización de prácticas performativas y discursivas, que no describí en el momento debido a que era más importante su registro y almacenamiento. Por ello, realicé la observación semanas o meses después de que dichas prácticas habían ocurrido, incluso algunos acontecimientos se analizaron años después (Bárcenas Barajas, 2023).
Aun cuando los resultados de la investigación ya fueron publicados (Bárcenas Barajas, 2020a; 2020b; 2021a; 2021b; 2023) un tema pendiente ha sido reconstruir los fundamentos que guiaron mi perspectiva de observación, sobre todo frente a posturas que afirman que la observación etnográfica solo ocurre en el presente, en el transcurso de los acontecimientos que permiten a la persona etnógrafa dar cuenta de lo visto, como sucede con el modelo clásico.
Por ello, de inicio, planteo que la multitemporalidad entre el presente y el pasado representa una característica constitutiva del método etnográfico. Posteriormente, analizo de qué manera, en la etnografía digital, observar el pasado desde el presente es una posibilidad que se sitúa entre giros y revoluciones sociotecnológicas (la del teléfono móvil, la de internet y la de las redes sociodigitales). Para finalizar, retomo la multitemporalidad como recurso analítico para transitar del pasado hacia el futuro, sin olvidar el presente por medio de un mapa de posibilidades etnográficas.
Etnografía y multitemporalidad: una relación entre el presente y el pasado
Desde el siglo pasado, la práctica y enseñanza de la etnografía se posiciona en un principio fundamental que remite a la observación directa de las prácticas sociales, por ello parecería que sus fronteras temporales se circunscriben al presente. Sin embargo, la genealogía de este método revela que ello no siempre ha sido así. De acuerdo con Ghasarian (2008) hasta finales del siglo XIX los materiales etnográficos fueron documentos, informes, cartas de viajeros, exploradores, misioneros, administradores coloniales, militares, miembros de expediciones científicas y cronistas que interpretaban lo desconocido. Fue hasta el siglo XX que Franz Boas y Bronislav Malinowski fundaron el trabajo de campo por medio de la observación directa (Guber, 2011).
Otro elemento que ha contribuido a asociar la antropología con el presente, ha sido la conformación de las disciplinas sociales que llevó a establecer una diferenciación entre la antropología y la historia a partir de la presencia o ausencia de la escritura, por lo que la antropología se enfocó en el estudio de los pueblos ágrafos, en consecuencia, sin registros escritos —condición que para algunos fue considerada como ausencia de historia— mientras que, en contraparte, la historia se ocupó de aquellos que sí los tenían (Escalona, 2019).
Sin embargo, esta división disciplinar situó tanto a la antropología como a las personas etnógrafas en un presente lejano, tanto en el espacio como en el tiempo. Como lo identificó Fabian (1983) la antropología clásica construyó un distanciamiento temporal por medio de asociaciones en las que la civilización inglesa fue representada por el “aquí” y “ahora”, mientras las sociedades no occidentales por el “allá”, es decir, una perspectiva opuesta que indicaba lejanía. El mismo efecto produjo el uso de adjetivos como “mítico”, “ritual”, “primitivo” o “tribal”. Desde su perspectiva, esto hizo de la antropología “una ciencia de otros hombres en otro tiempo”, lo cual representa una contradicción para el trabajo de campo, la escritura y la enseñanza de la etnografía, ya que este método parte de una relación con otras personas en la contemporaneidad (Fabián, 1983).
Wolf (2005) también criticó la trivialidad en la que estaba cayendo la etnografía con su “mitología de lo primitivo prístino”, así como la temporalidad definida por la etnohistoria, que parecía separar “su” historia de “nuestra” historia. Por ello argumentó que la antropología necesitaba describir una historia que buscara las causas del presente en el pasado, se esforzara por atribuir un sentido analítico a todas las sociedades —occidentales y no occidentales— y fuera capaz de poner al descubierto la historia de “la gente sin historia” (Wolf, 2005, pp. 9-10).
De acuerdo con Escalona (2019), si bien, para la antropología no eran ajenos los procesos a lo largo del tiempo, la perspectiva de Wolf sobre la relación entre la historia y la etnografía implicó transformaciones para el desarrollo contemporáneo de este método —en algunos casos traspasando fronteras disciplinares— en relación con las conexiones entre el pasado y el presente, es decir, con las diversas maneras de construir cronotopías y, con ello, diferentes ideas de historia.
Para Roseberry (2014) han sido tres los autores que han contribuido a la implicación de la antropología con la historia para redefinir proyectos antropológicos distintos: Eric Wolf, Clifford Geertz y Marshall Sahlins. Para la etnografía digital he destacado la centralidad de la antropología simbólica como una herencia que orienta su práctica (Bárcenas Barajas, 2024) por lo que dialoga con un concepto de historia vinculado a la cultura, tal como lo postula Geertz (2003).
Sin embargo, además de mostrar las imbricaciones entre la antropología y la etnografía con la historia, lo dicho anteriormente me permite poner en perspectiva que la práctica de la etnografía digital sigue anclada con algunas de sus pautas fundacionales y clásicas, por lo que, también, implica un regreso al pasado para reinventarse en otra temporalidad. Es decir, si la etnografía no siempre se realizó por medio de la observación de las prácticas sociales en el presente, debido a que en sus inicios sus principales recursos fueron documentos, tal como lo plantea Ghasarian (2008), la etnografía digital implica un retorno a la escritura, ya no en documentos físicos, sino en distintos espacios digitales donde también toman centralidad la imagen fija y en movimiento para, en conjunto, dar cuenta de las distintas prácticas sociales que conforman la vida social a partir de concepciones simbólicas concretas.
Paradójicamente la escritura fue el criterio para distinguir a la antropología y a la historia como disciplinas, lo cual contribuyó a que la práctica etnográfica se produjera frente a un otro u otra lejano o lejana, debido a una separación temporal entre el “aquí” y el “allá” (Escalona, 2019; Fabian, 1983). No obstante, además del regreso a la escritura, la etnografía digital hace factible volver a ese “otro” u “otra” con quien no necesariamente se compartió una dimensión espacio temporal, pero es posible construir una contemporaneidad, gracias a giros y revoluciones sociotecnológicas (como se profundizará más adelante).
Presente y pasado en el transcurrir etnográfico
La relación entre el presente y el pasado no solo es observable en la genealogía del método etnográfico, inscrita en la conformación de la antropología como disciplina, sino también en la propia noción del presente etnográfico, por lo que la multitemporalidad entre el presente y el pasado también se produce, al menos, durante tres procesos del transcurrir etnográfico: la observación y el registro en el diario de campo, la conformación del archivo etnográfico personal así como la interpretación y la escritura etnográfica.

Johannes Fabian, interesado en la manera en la que la antropología construye su objeto por medio del tiempo, fue el primero en identificar la multitemporalidad que se produce entre la observación y el registro en el diario de campo. Desde su perspectiva, ello ocurre en medio de una “situación esquizofrénica del etnógrafo [o etnógrafa], que hace registros en tiempo presente —basados en una interacción en curso—, pero después escribe en pasado, creando distancia espaciotemporal con los sujetos que estudió” (Escalona, 2019, p. 25).
Por su parte, Sánchez Parga (2005) plantea que el diario de campo no se limita a un registro de lo visto y oído en el trabajo de campo, sino que, más bien, constituye un dispositivo para la observación y la escucha que predispone la atención del etnógrafo o etnógrafa en diferentes momentos: tanto en las notas de datos1 o descriptivas2, como en el trabajo de re-elaboración posterior que implica la construcción del dato etnográfico por medio de las interpretaciones que se plasman en las notas reflexivas3, analíticas4 y prospectivas5.
Para situar la multitemporalidad en la conformación del archivo etnográfico personal es necesario partir de las reflexiones de Marcus (1998), quien considera que su creación está inspirada en la norma profesional orientada a mantener registros, por la transmutación de lo oral en lo escrito, por las actividades del etnógrafo o etnógrafa, pero también por una herencia de este método, es decir, “el impulso clásico del viajero educado para registrar la experiencia y la observación” (p. 53).
Si bien, la construcción del archivo etnográfico implica procesos de ida y vuelta entre el presente y el pasado, el posicionamiento de Marcus (1998) se ubica en una etapa posterior al trabajo de campo, cuando el archivo personal conformado durante el proceso de investigación, por sí mismo, desempeña un papel vital en la producción de conocimiento.
Por último, es necesario situar la multidimensionalidad entre el presente y el pasado que ocurre en la configuración de la perspectiva relacional que da sentido a la interpretación y escritura etnográfica. Fabian argumenta que, así como el trabajo de campo implica cierta economía de tiempo —en la regla antropológica empírica “un ciclo completo de estaciones”— también se requiere de tiempo para analizar e interpretar la experiencia registrada en el diario de campo, es decir, se precisa de la distancia espacial, temporal y reflexiva que se congrega en la articulación del presente con el pasado y el futuro (Fabian, 1983, p. 89).
Las etnografías de Ortner (2006), Roseberry (2014), Turner (2007), y Wolf (2005) —por mencionar algunos casos— revelan que el análisis etnográfico se construye en un proceso relacional que implica enlazar el análisis de las prácticas sociales que ocurren en contextos espaciotemporales concretos con secuencias espaciales y temporales más amplias, es decir, de larga duración, ya que de esta manera es posible su articulación con las dimensiones estructurales de la vida social. Siguiendo a Wolf (2005, p. 1) podría decirse que el análisis etnográfico requiere “ser histórico al considerar el desenvolvimiento de las estructuras y de los patrones a lo largo del tiempo” o en palabras de Roseberry (2014, p. 24) “para entender lo que las personas dicen y escuchan en determinadas situaciones necesitamos recurrir a la historia”.
Los tres procesos del transcurrir etnográfico son constitutivos tanto de las etnografías digitales como no digitales, lo cual reafirma no solo el carácter multisituado sino también multitemporal de este método, más allá de los anclajes tecnológicos de las primeras que, como se mostrará a continuación, hacen posible observar el pasado desde el presente.
Observar el pasado desde el presente: una posibilidad entre giros y revoluciones sociotecnológicas
De acuerdo con Miller et al. (2016) el mundo ha sido testigo de tres revoluciones que han significado un cambio radical para las tecnologías de la comunicación: la primera, la del teléfono móvil; la segunda, la de internet; y, la tercera, la de las redes sociodigitales. Sin embargo, estas tres revoluciones también representan un giro paradigmático para la etnografía digital, ya que, en nuestros días, hacen posible la observación del pasado desde el presente. Debido a que convergen en los denominados teléfonos inteligentes viabilizan tanto la configuración de prácticas en línea y fuera de línea como su registro y almacenamiento para ser observadas en tiempos posteriores a los que ocurrieron.
De igual manera es necesario reconocer que la revolución del teléfono móvil, la del internet y la de las redes sociodigitales confluyen con el giro visual. De acuerdo con Vives-Ferrándiz Sánchez (2021) éste surgió a mediados de la década de 1990, es decir, en el mismo período en el que se lanzó el primer teléfono móvil con cámara6 y se creó la primera red sociodigital7. Desde entonces dio lugar a un paradigma epistemológico que ha definido el creciente papel de las imágenes en nuestra comprensión del mundo y de la realidad. No obstante, es conveniente recordar que las imágenes, las fotografías, las ilustraciones y los mapas han sido recursos visuales fundamentales para la etnografía desde su etapa clásica.
De acuerdo con Larsen (2008, p. 142) en 2004 “Kodak dejó de vender cámaras de película tradicionales en América del Norte y Europa Occidental” y, en contraparte, se vendieron 68 millones de cámaras digitales en todo el mundo y casi cuatro veces más (246 millones) teléfonos móviles con cámara digital. En nuestros días el uso de las cámaras fotográficas en los teléfonos inteligentes ha impactado hasta el campo médico, por medio del telediagnóstico, como ocurrió en el caso planteado por Fonseca et al. (2022) sobre la conformación de una muestra de conveniencia con 235 fotografías de lesiones orales correspondientes a 113 casos clínicos.
El panorama planteado a partir de las tres revoluciones sociotecnológicas enunciadas tiene implicaciones directas con las posibilidades etnográficas. Todo ello en dos sentidos: en primer lugar, en relación con la performatividad y discurso de la imagen fija o en movimiento, pero, en segundo, con las capacidades de archivo y registro de las prácticas sociales que se generan gracias a las inscripciones en distintos espacios de internet, como las redes sociodigitales, que hacen posible la observación del pasado desde el presente. Siguiendo a Escalona (2019) ello implica una vía para crear cronotopías que permitan analizar el pasado reciente desde el presente.
Para Hine (2015) las actividades pasadas y archivadas en internet constituyen agentes activos en la configuración de nuestra exposición a la cultura. Sin embargo, a diferencia de su posición orientada a considerar dicha agencia solo para interrogar el presente con ideas sobre cómo eran las cosas en el pasado, estas líneas tienen el propósito de considerarlas como prácticas performadas, lo cual abre la posibilidad para observarlas y describirlas en torno a una temporalidad, pero también para que la persona etnógrafa desde su subjetividad experimente el “estar ahí” que da forma a la experiencia etnográfica clásica.
Parafraseando a Muzzopappa y Villalta (2011) en torno a su posicionamiento sobre el archivo y la etnografía podría plantearse que las inscripciones que van dejando nuestras huellas en Internet, no pueden considerarse solo como una fuente de la cual extraer datos, sino que, ante todo, deben construirse en campo de indagación, por medio de una contextualización que permita situar las condiciones de su producción y conservación.
Si por largo tiempo en nuestra disciplina prevaleció una imagen que asociaba el trabajo de campo con la interacción cara a cara, el estar ahí y una recopilación minuciosa de todos los detalles de la vida social, también es cierto que posteriormente ha sido revaluada y complejizada y los antropólogos y antropólogas construimos nuestros campos de trabajo de muy diferentes maneras. Ello ha conducido a varias reflexiones en torno a las formas en que ejercitamos una perspectiva etnográfica tanto de acontecimientos actuales y pasados como de procesos históricos que siguen teniendo incidencia en el presente (Muzzopappa y Villalta, 2011, p. 36).
Para fundamentar la posibilidad de observar el pasado desde el presente —en conjunto con las condiciones tecnológicas que lo hacen posible— resulta conveniente retornar a algunos principios etnográficos que dan forma a este método, al mismo tiempo que entretejen la complejidad en la que se emplaza en nuestros días. Me refiero a la importancia de la descripción densa, captar el punto de vista de los interlocutores o colaboradores etnográficos, la construcción de una mirada etnográfica y la copresencia en el trabajo de campo8.
Debido a que los principales escenarios de observación para la etnografía digital se materializan en texto, audio e imagen fija o en movimiento, la antropología simbólica constituye uno de sus principales soportes teórico-metodológicos. En particular la manera como Geertz (2003) define la etnografía en tanto para él “es descripción densa”. Dicho proceso se posiciona en un paradigma epistemológico interpretativo, por lo que el etnógrafo o etnógrafa se propone desentrañar estructuras de significación, en lugar de buscar leyes.
El énfasis en la significación, en primera instancia, podría situar un falso dilema y perspectivas antagónicas entre la significación y la acción. Sin embargo, para Geertz (2003) la conducta humana —desde el habla hasta la escritura o la música—, es vista como acción simbólica. Turner (2007) también suscribe esta relación al considerar que los símbolos son fuerzas que instigan la acción social. Ambas perspectivas tienen como antecedente la formulación de Weber (2014) quien definió la acción social —en sus diferentes modalidades: presentes, pasadas o esperadas como futuras— en relación con el sentido, es decir, una construcción intersubjetiva que orienta y fundamenta la acción social.
Con lo anterior es posible plantear que la observación del pasado desde el presente, al igual que otras modalidades de observación etnográfica, también tiene como punto de llegada una descripción densa de las prácticas sociales, es decir, del sentido y la acción que guía.
Siguiendo a Malinowski (1986) puede decirse que lo que la persona etnógrafa busca durante la observación del pasado desde el presente es captar el punto de vista de sus interlocutores o colaboradores etnográficos, su posición en la vida, su visión del mundo. Por ello, para poner en diálogo este principio con la etnografía digital, conviene separarse de la idea de trabajo de campo asociado a una coordenada en la materialidad del mundo fuera de línea, más bien, es pertinente considerar la perspectiva de Sánchez Parga (2005) acerca de que el trabajo de campo, más bien, se refiere a una disposición particular en el modo de investigar, a un itinerario interior, epistemológico.
En la observación etnográfica digital del pasado desde el presente el punto de llegada en el trabajo de campo, establecido por Malinoski, es posible lograrlo por medio de las inscripciones que podemos seguir en texto, audio e imagen (fija o en movimiento), las cuales son el soporte de diversas prácticas sociales, por medio de las cuales, además, la persona etnógrafa puede conformar un campo por el cual transitar. Asimismo, las posibilidades de interlocución y de ensamblaje con otros escenarios de observación también se abren en el presente gracias a las vías de contacto que es posible establecer por las redes sociodigitales o diversas aplicaciones de mensajería instantánea.
En consonancia con lo planteado en otro espacio (Bárcenas Barajas, 2024), la observación de prácticas sociales en la etnografía digital requiere de la construcción de una mirada que, a la manera de un dispositivo, sea capaz de: visibilizar las prácticas sociales por medio de formas de interacción que se configuran, principalmente, en textos e imágenes; redimensionar el rol de las tecnologías de la información y las redes sociodigitales en la configuración y ensamblaje (en línea y fuera de línea) de las prácticas cotidianas; encontrar formas de participación (que no siempre son sinónimo de interacción); y posicionarse desde la propia subjetividad en el proceso de investigación.
La copresencia que se genera a partir de la participación del etnógrafo o etnógrafa, parecería imposible al considerar observar el pasado desde el presente. Sin embargo, como lo plantea Fabian (2008, p. 120) “compartir el tiempo no ‘es algo natural’ y siempre es una tarea precaria, que depende de habilidades lingüísticas y culturales. Sin ellas, la copresencia en la acción, o la comunicación como actuación, no podría ocurrir”.
Por ello, si asumimos que el cuerpo se convierte en el medio para la participación etnográfica, resulta fundamental establecer una ruptura frente al límite que representa la interacción como la única o más importante modalidad de participación, así como con la idea de que la materialidad del cuerpo del etnógrafo o etnógrafa es la vía más directa para llegar a ella, pues las emociones de quien investiga, de igual manera, median el trabajo de campo en entornos digitales y, también, podrían convertirse en la vía para generar formas de participación en el presente (Bárcenas Barajas, 2024)
Pero ¿cómo observar el pasado desde el presente? Al igual que en la elección de cualquier modalidad de observación es importante partir de la construcción de un problema de investigación que permita identificar a las y los actores, así como los escenarios en línea que conformarán el campo etnográfico. Siguiendo la propuesta de Marcus (2001) podrían diseñarse itinerarios de observación orientados a reconstruir las rutas que han seguido personas, objetos, tramas, historias, biografías o conflictos. Sin embargo, lo más importante radica en construir una perspectiva de observación que parta de la performatividad9 del lenguaje (Austin, 2018; Jiménez López, 2019), es decir, de los tipos de actos que hacen posible tanto la expresión oral y escrita, como las imágenes fijas y en movimiento. Para la observación etnográfica digital, el texto se convierte en uno de sus recursos centrales, por lo que, en gran medida, siguiendo a Fabian (2008), podría decirse que es una etnografía centrada en el texto.
Sin embargo, debido al alcance de las revoluciones sociotecnológicas enunciadas anteriormente, en conjunto con el giro visual, las imágenes son cada vez más relevantes y, de acuerdo con Jiménez López (2019), en ellas también es posible identificar la dimensión performativa de la comunicación identificada por Austin (2018), como sucede con las “imágenes-acto o actos de imagen”, es decir, imágenes que interpelan a los espectadores para tomar conciencia de que la fotografía posee la capacidad de afectarnos.
Si el lugar del espectador es tomado por una persona etnógrafa, las imágenes-acto o actos de imagen abren la posibilidad de generar una descripción densa al interpelarle sobre las causas de lo que observa, la temporalidad en la que dichas prácticas se sitúan, los actores que participan en ella, las relaciones de poder, las dimensiones estructurales y de la vida cotidiana con las que están en interacción. Asimismo, es importante considerar que la observación de las imágenes fijas o en movimiento que nos sitúan en una temporalidad pasada también pueden dar lugar al diseño de una estrategia etnográfica en el presente, tal como sucede con la elicitación fotográfica, la cual permite conversar con las y los interlocutores en el trabajo de campo en el presente.
Por último, es necesario considerar que observar el pasado desde el presente también implica tomar en cuenta algunas precauciones en torno al estudio de una temporalidad. Siguiendo a Muzzopappa y Villalta (2011, p. 26) en sus investigaciones a partir de documentos, es conveniente
cuidarse de leer retrospectivamente problemas que hoy están construidos como tales pero que en su momento no lo eran; esto es, supone indagar sobre los sentidos que en esos momentos prevalecían alrededor de determinados temas sin trasladarles los cuestionamientos actuales que se realizan a los mecanismos y facultades de intervención que detentaban aquellas instituciones estatales.
De igual manera es importante considerar cómo y por quiénes son conservadas y clasificadas las inscripciones en internet que constituyen el soporte de la observación del pasado desde el presente “ya que las formas que adquieren esos procesos nos ofrecen pistas para comprender qué fue lo que en determinado momento histórico se consideró oportuno guardar y se evaluó como adecuado conservar” (Muzzopappa y Villalta, 2011, p. 29).
Posibilidades de la etnografía digital en el presente y hacia el futuro
Después de interpelar al pasado desde la etnografía —en particular desde la observación— resulta conveniente retornar a la multitemporalidad, pero ahora para explorar el presente y futuro de este método.
Las tendencias de la etnografía digital que orientan algunas de sus posibilidades hacia el futuro se sitúan entre algoritmos, plataformas, dispositivos portátiles de seguimiento automático e inteligencias artificiales generativas que, desde hace algunos años, han sido foco de atención relevante para replantear el estudio de las culturas digitales, por lo que la etnografía digital no ha estado ausente de estas discusiones.
En dicho ámbito, conviene destacar la propuesta de Cellard (2022) en torno a la etnografía posdigital de contextos algorítmicos. Con ella invita a ver más allá de la dimensión computacional y tecnológica de los algoritmos, la cual, además, suele ser de difícil acceso. Por ello, propone verlos como figuras que facultan la descripción de un conjunto complejo de interacciones. De igual manera, plantea cuatro estrategias etnográficas que permitirían describir sus contextos de producción y circulación: observar a los observadores de los algoritmos; mapear y crear figuras algorítmicas; dibujar relaciones a través de contextos de figuras; y analizar los efectos transformadores de las figuras algorítmicas en los intentos de gobernarlas.
Por su parte, Gonçalves (2020) destaca que la etnografía plataformizada busca indagar en las maneras en las que las infraestructuras, procesos económicos y estructuras gubernamentales de las plataformas digitales intervienen en la reorganización de prácticas e imaginarios culturales que hacen posibles. En esta modalidad etnográfica las plataformas no solo son una dimensión co-constitutiva del espacio, sino el centro del estudio, ya que la tecnología se posiciona como un agente que impacta en los procesos económicos que detonan las plataformas.
Otra tendencia identificada es la propuesta por Berg (2022) en torno a la tecnografía digital. Si bien reconoce que ésta tiene sus antecedentes desde 2008, su formulación conjuga la etnografía digital con el análisis del discurso y el análisis de contenido. Esta aproximación le permite analizar, por un lado, cómo los creadores de tecnologías digitales producen contextos simbólicos e imaginarios para que sean significativos y, por otro, cómo los usuarios imaginan las tecnologías digitales en la vida cotidiana para hacerla emocionante y significativa para ellos, tal como sucede con los dispositivos portátiles de seguimiento automático orientados, por ejemplo, a medir el sueño, los niveles de glucosa, calorías ingeridas o pasos caminados a lo largo de un día.
En relación con las inteligencias artificiales generativas, la etnografía digital se encuentra frente a una oportunidad renovada para observar otras formas de interacción y procesos simbólicos creados, no solo por agentes humanos, sino también a partir de repertorios de sentido que se construyen por tecnologías de aprendizaje automatizado. Una aproximación reciente se encuentra en el abordaje de Demuro y Gurney (2024) quienes exploraron el “encuentro etnográfico” entre usuarios de lenguaje humanos y no humanos en la producción de texto escrito por medio de ChatGPT.
Sin embargo, además de situar dichas perspectivas de la etnografía digital como tendencias que podrían orientar su fututo es conveniente trazar un mapa de posibilidades que, a partir de la multitemporalidad, orienten su presente por medio de cuatro coordenadas: el espacio, el tiempo, una perspectiva disciplinaria y el posicionamiento de la persona etnógrafa. El mapa, las coordenadas y sus posibilidades se condensan en el siguiente esquema.

La etnografía es un método que problematiza la digitalización más allá de sus anclajes tecnológicos revelando su impacto como una dimensión co-constitutiva de la realidad social. Desde esta perspectiva es que lo digital puede situarse como un espacio en el que ocurren diversas prácticas sociales que se intersectan con la materialidad de nuestra realidad cotidiana fuera de línea.
Por ello, en la etnografía digital existen al menos tres posibilidades para delimitar el espacio en el que se sitúa el problema a investigar y desde donde construir el trabajo de campo: 1) demarcar las coordenadas espaciales a uno o varios espacios de interacción en línea; 2) elegir espacios de interacción tanto en línea como fuera de línea (que podrían corresponder a distintas temporalidades como el pasado y el presente) considerando ambos con igual importancia, debido al flujo de las prácticas sociales en ambas dimensiones; y 3) optar por distintos espacios de interacción fuera de línea y algún espacio en línea con la intención de complementar, comparar o contrastar algunos hallazgos de la investigación.
En relación con la segunda coordenada —el tiempo— es necesario considerar que en la práctica clásica de la etnografía en entornos fuera de línea, la observación de las prácticas sociales ocurre en el presente, por ejemplo, en el transcurso de algún ritual o de la vida cotidiana, así como en acontecimientos paradigmáticos que pueden redefinir el rumbo de una sociedad. Sin embargo, como lo he planteado a lo largo de este artículo, la etnografía digital abre nuevas posibilidades en torno a la observación y el tiempo, por lo que es posible proyectar cuatro alternativas: 1) observar y describir el presente; 2) observar el pasado y describirlo desde el presente; 3) construir un archivo etnográfico (práctica que resulta central para las dos modalidades de observación anteriores); y 4) realizar una metaetnografía.
La metaetnografía es una modalidad etnográfica poco explorada en el ámbito digital, por lo que constituye un área de oportunidad renovada para expandir las fronteras de este método. Data de finales de la década de 1980, gracias al trabajo pionero de Noblitt y Hare (1988). De acuerdo con Perkins et al. (2020) la metaetnografía constituye un esfuerzo interpretativo destinado a construir nuevos conocimientos teóricos por medio de un conjunto de estudios, es decir, ofrece una síntesis que reúne un conjunto de investigaciones cualitativas para hacerlo más fuerte que la suma de sus partes, ya que es resultado de un proceso de reanálisis de las interpretaciones originales de los autores.
La tercera coordenada permite situar a la etnografía digital desde una perspectiva 1) disciplinaria, 2) multidisciplinaria, 3) interdisciplinaria o 4) transdisciplinaria. Como se planteó con anterioridad, si bien la etnografía digital se funda en los principios que le han dado forma a este método desde su modalidad clásica, en realidad surge en el encuentro de diversas disciplinas, además de que su implementación también ha salido del dominio de la antropología e, incluso, de la comunicación, haciendo observables prácticas y dinámicas socioculturales que devienen de categorías teóricas de disciplinas como la ciencia política y la sociología, con las que guarda mayor cercanía, pero también de otras como la arquitectura y el diseño e, incluso, la música, en algunos casos, desde miradas multi o interdisciplinarias. Frente a este panorama resulta conveniente cuestionar ¿de qué manera una aproximación metodológica como la etnografía digital podría contribuir, o ha contribuido, al desarrollo teórico-analítico de alguna disciplina?
La última coordenada en torno al posicionamiento de la persona etnógrafa pone en perspectiva varias discusiones sobre la etnografía digital que convergen. Por una parte, en reconocer que se trata de un método que apuesta por una producción de conocimiento situada y, por otra, en la necesidad de construir una práctica de investigación que se aleje del extractivismo, debido a que es fundamental el retorno del conocimiento a las comunidades o grupos relacionados con la investigación, ya sea de manera directa o indirecta, sobre todo, en los casos en los que la participación no necesariamente implica interacción con las y los actores de la investigación.
La participación del etnógrafo o etnógrafa en el trabajo de campo es el medio por el que toma sentido el “estar ahí” que da lugar a la interpretación y a la escritura etnográfica. Sin embargo, en el caso de la etnografía digital resulta oportuno considerar que la participación no necesariamente implica un proceso de interacción con las y los interlocutores en el trabajo de campo. Siguiendo a De Seta (2020) la noción de participación también puede extenderse a actividades muy personales realizadas por la persona etnógrafa como navegar, seguir enlaces y moverse entre plataformas. Además de que también conviene extender la noción de participación más allá de la materialidad del cuerpo de quien investiga, para considerar las emociones que le genera lo observado.
En algunos casos, podría ser relevante situarse en lo que Rappaport (2015) define como etnografía colaborativa, la cual, en el marco de las discusiones aquí planteadas, podría denominarse etnografía digital colaborativa. Desde su perspectiva, la etnografía colaborativa permite construir agendas de investigación y análisis alternativos, por lo que cambia el énfasis de la producción de la etnografía como meta central, para hacer investigación activista que resulte igualmente productiva para el etnógrafo o etnógrafa, pero también para la comunidad. Esta elección también se materializa en el tipo de productos generados en el trabajo etnográfico, ya que, además de artículos, ensayos y monografías, la escritura también se realiza a partir de otros géneros que resultan de mayor utilidad para las comunidades estudiadas como el periodismo, documentos políticos, narrativas testimoniales y textos dirigidos al consumo popular.
Por último, es conveniente enfocar una modalidad etnográfica muy poco explorada en el ámbito digital: la autoetnografía. Esta modalidad etnográfica, de igual manera, coloca al centro el debate en torno al posicionamiento del etnógrafo o etnógrafa sobre la producción de conocimiento. Al mismo tiempo, también representa una oportunidad para expandir las fronteras de la etnografía digital, ya que sólo es posible identificar trabajos como el de Bailey (2015) quien realizó una autoetnografía digital para seguir las redes en línea de mujeres trans negras y visibilizar el trabajo emocional y no remunerado que implican estas formas de comunidad, o el de Brown (2019) quien realizó lo que denominó una autoetnografía digital computacional a partir de los datos de sus redes sociales de 2007 a 2016 para descubrir temas que están conectados con problemas sociales más amplios que afectan a las mujeres afroamericanas.
Esta aproximación constituye el punto más importante para tener en cuenta en cualquier modalidad autoetnográfica, ya que, el posicionamiento del etnógrafo o etnógrafa partirá de considerar la experiencia personal como el detonante para dar cuenta de prácticas, dinámicas y dimensiones estructurales de la vida social, situadas espacial y temporalmente, pero que trascienden la vida propia.
Reflexiones finales
En este artículo se analizó una modalidad de observación que se fundamenta en los principios y la práctica de la etnografía digital: la observación del pasado desde el presente. Para ello, fue central reconocer a la multitemporalidad como una característica constitutiva del método etnográfico, pero también las herencias metodológicas y epistemológicas de otras modalidades etnográficas, como la clásica.
Si en la etnografía clásica se construyó una distancia espacio temporal entre las sociedades occidentales y no occidentales por medio del “aquí” y “allá”, así como por el uso de adjetivos como mítico”, “ritual”, “primitivo” o “tribal”, en la etnografía digital es posible crear una contemporaneidad, cercanía y copresencia por medio del lenguaje y distintas revoluciones tecnológicas. Es por ello por lo que la observación del pasado desde el presente prioriza una perspectiva situada en la observación de las prácticas sociales, como prácticas performadas, lo cual abre la posibilidad para observar y describir en torno a una temporalidad, pero también para seguir algunos principios que dan forma al método etnográfico como: desarrollar una descripción densa, captar el punto de vista de los interlocutores o colaboradores etnográficos, construir una mirada etnográfica y experimentar la copresencia en el trabajo de campo.
Por último, es importante destacar que la multitemporalidad del método etnográfico también permite traer a cuenta las relaciones con el futuro para esbozar algunas tendencias que podrían orientar la práctica de la etnografía digital, como aquellas que se sitúan entre algoritmos, plataformas, dispositivos portátiles de seguimiento automático e inteligencias artificiales generativas. Sin embargo, en el presente, el mapa de posibilidades de este método, con sus cuatro coordenadas —el tiempo, el espacio, la disciplina y el posicionamiento de quien investiga—también abre la puerta a otras modalidades etnográficas poco exploradas como la autoetnografía digital, la metaetnografía digital y la etnografía digital colaborativa.
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Notas
Recepción: 23 septiembre 2024
Aprobación: 15 septiembre 2025
Publicación: 01 diciembre 2025