Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales, vol. 15, núm. 2, e163, diciembre 2025 - mayo 2026
ISSN 1853-7863
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
IdIHCS (UNLP-CONICET). Centro Interdisciplinario de Metodología de las Ciencias Sociales.
Red Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales

Reseñas

Etnografía, moralismo y políticas públicas. Reseña de Loïc Wacquant, (2023). Misère de l’ethnographie de la misère, París, Raisons d’agir, 256 p.

Denis Baranger

Universidad Nacional de Misiones, Argentina
Cita sugerida: Baranger, D. (2025). Etnografía, moralismo y políticas públicas. [Revisión del libro Misère de l’ethnographie de la misère por L. Wacquant]. Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales, 15(2), e163. https://doi.org/10.24215/18537863e163

Cuando Loïc Wacquant hizo sus primeras armas en la investigación social en Nueva Caledonia ya era, amén de un discípulo dilecto, amigo de Bourdieu. Devino luego en su co-autor y, a partir de su doctorado en Chicago, continuó su carrera en Norteamérica.1 En el texto que nos ocupa, a propósito de las relaciones entre raza, clase y Estado en las ciudades estadounidenses a inicios del Siglo XXI, el autor reflexiona epistemológicamente sobre la construcción del objeto etnográfico, y produce un estudio de caso relevante para una sociología de la sociología.

El libro se inicia con un relato que se remonta a la primavera del año 2001, cuando Wacquant recibió una invitación del American Journal of Sociology (AJS) para escribir una nota crítica sobre tres libros de etnografía urbana producidos por sociólogos formados en la tradición de Chicago.2 Se despachó con un comentario demoledor de 65 páginas,3 el cual recibió tres respuestas separadas, totalizando otras 67 páginas. En éstas los autores se quejaron de faltas varias a la ética de la profesión sociológica en las que habría incurrido Wacquant, así como el carácter político de la nota, recriminación evidenciada en los propios títulos de sus respuestas.4

En el campo norteamericano, a pesar de los esfuerzos de Michael Burawoy —sociólogo etnógrafo, a la sazón presidente de la American Sociological Association—, la disputa quedó sepultada ante la negativa de los autores criticados a prestarse al debate.

El capítulo 1, “Disecar el inconsciente etnográfico”, está dedicado a reseñar la trayectoria de la etnografía urbana estadounidense durante el siglo XX, una sub-disciplina hipotecada por una concepción de “la ciudad como lugar de disolución social, de perdición moral y de desorden político” (p. 25). Así, sus estudios están permeados por un esquema de sentido común moral y político que lleva a repartir a los pobres en categorías “meritorias” —dignas de compasión e incluso de admiración— y “demeritorias” —por su falta de voluntad de trabajar y carencia de moralidad— a las que convendrá estigmatizar y disciplinar. Por otra parte, en tanto género metodológico, la etnografía “ocupa una posición técnicamente subalterna y académicamente dominada en el espacio de la sociología estadounidense” (p. 27).

Sintetizando, Wacquant enuncia una serie de enseñanzas sobre esta sociología. Primero, el estar focalizada en poblaciones que son causa de problemas en la ciudad, vale decir “grupos prefabricados por el sentido común, que se destacan en el espacio simbólico y que son blanco de la política pública y privada de la pobreza” (p.53). Luego, su carácter teóricamente endeble, operando en base a nociones borrosas como slum —verdadero-falso concepto que confunde el habitante y el hábitat—, ghetto (negro), o inner city. Así, las etnografías se focalizan en la dinámica sociológica de “pequeñas escenas” describiendo sistemas de interacción de base sin referencia alguna a “las relaciones macro-estructurales que los engloban y determinan” (p. 55). De este modo, la observación se acopla a una teoría próxima del sentido común ordinario de la clase media nacional, siendo que, en Estados Unidos, “si se “hace” teoría, no se puede “hacer” etnografía, y recíprocamente” (p. 57).

Pero lo que más distingue esta tradición de los trabajos realizados en Europa o en América Latina es la obsesión por la moralidad de los pobres, como una herencia de los orígenes religiosos de la sociología en ese país y de la influencia del protestantismo militante de sus fundadores. Corresponde pues hablar de moralismo, ya que se trata de emitir un juicio moral sobre su objeto de investigación (en vez de limitarse a informar que los sujetos observados emiten juicios morales), asociado a su vez a una ambición de “rehabilitación” de la población estudiada ante los ojos de la ciudadanía.

Vale la pena leer con atención el capítulo 2, “Pobreza, raza y moralismo en la etnografía urbana estadounidense”, reproducción textual del comentario originalmente publicado en el AJS. Los tres libros son presentados como emblemáticos de una sociología fallida de la intersección entre raza y pobreza en la ciudad estadounidense hacia el cambio de siglo, para mostrar cómo la obnubilación moral, aunada a la ceguera teórica, conduce a resultados desastrosos: sabido es que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

Es así que Duneier, a propósito de vendedores callejeros del Village neoyorkino, sostiene la existencia de dos categorías de personas: aquellas —morales y emprendedoras— que mejoran el orden social y que deben ser honradas, y las demás. Por su parte, Anderson sostiene que las familias negras de la inner city en Filadelfia se diferencian por sus valores morales antes que por sus distintas posiciones estructurales en el espacio local, con lo cual estaría suponiendo precisamente lo que debería demostrar: “¿Esas familias se encuentran en la miseria por causa de su moral disoluta, o será a la inversa?” (p. 108).

Newman, en fin, al estudiar los jóvenes negros empleados de los fastfood de Harlem, esencializa, trazando una rígida dicotomía entre trabajadores (virtuosos) y no-trabajadores (inmorales), cuando sus propias observaciones indican lo fluido que es el tránsito de una condición a la otra. Newman privilegia las soluciones por medio de la empresa (business first) y la reducción del Estado (small government). No sorprende entonces que abogue por políticas sociales distintamente neoliberales, al poner énfasis en la “cultura del trabajo” y en la “responsabilidad personal”, y al proponer transformar las escuelas del ghetto en proveedoras directas de mano de obra maleable a bajo costo.

En suma, los tres autores

hacen de los pobres urbanos negros, «parangones de moralidad, encerrados como se encuentran en las problemáticas prefabricadas por los estereotipos públicos y la glosa de los expertos en políticas públicas para quiénes no hay otro ropaje para tornar “presentable” ese sub-proletariado (p. 75).

Sus etnografías son “cuentos neo-románticos” que conducen a recomendaciones de política pública que dejan incólume la base de miseria material y exclusión racial y que están condenadas a perpetuar la marginalidad urbana que pretenden remediar.

Wacquant explica las limitaciones de esta literatura de inconducentes pretensiones universalistas por su provincialismo, ignorante como lo es de los estudios realizados sobre temáticas similares en otros países; y, claro está, por su empirismo extremo, en un medio académico en el cual la realización de un serio trabajo de campo legitima la timidez teórica. Y señala un factor que agrava aún más esta tendencia: las transformaciones de un mercado editorial en búsqueda de rápidas ganancias en la que existe un nicho próspero para una literatura atractiva que aborde problemas sociales produciendo best-sellers antes que sujetándose a las normas científicas del “campo de producción restringida”. Hay un público lego para obras ajustadas a las expectativas del “campo de producción masiva”, que involucren a hombres negros, violencia criminal y pobreza, asumiendo la forma de “cuentos morales despolitizados, ricos en viñetas de superaciones individuales y de desafíos personales, espontáneamente adaptados a las categorías de juicio de la clase media educada” (p. 166).

A golpes de Bachelard —quien enunciaba “il n´y a de science que du caché”, al sostener la necesidad de la ruptura5—Wacquant argumenta que las ideas que orientan el trabajo de estos autores consisten básicamente en la movilización de nociones propias de un sentido común de clase media, lo cual conduce a descripciones que soslayan todo lo relacionado con las determinaciones estructurales para derivar en políticas sociales que no tienen chance alguna de mejorar la situación de los pobres urbanos de raza negra.

“Por una epistemología política del trabajo de campo” es el título de tercer capítulo, en el cual la etnografía es caracterizada por ser una forma de investigación encarnada y encastrada en el universo que estudia, a diferencia de los enfoques estadístico, histórico y hermenéutico. En la senda de Weber y de Bourdieu, Wacquant se inspira en Nietszche, en este caso para rescatar la dimensión carnal de la práctica etnográfica, que deviene de estar dedicada al estudio de agentes que no son ni autómatas ejecutantes de normas, ni calculadores en busca de maximizar su interés, sino seres de carne y sangre que sufren en el mundo. Más aún, la principal herramienta del etnógrafo es su propio cuerpo, en tanto médium de producción del saber sociológico: “Si la etnografía es productiva, es antes que nada porque el etnógrafo hace cuerpo con el fenómeno estudiado, y esto metódicamente, incluso si debe darse también los medios técnicos y existenciales de extraerse de esa lucha para objetivar el fenómeno” (p. 195). Por otra parte, el encastramiento social, simbólico y temporal es lo que da lugar a una sinergia por la ida y vuelta permanente entre la participación del etnógrafo en las relaciones sociales y el acceso a la constelación de sentidos propia del universo estudiado.

El mayor riesgo de este oficio es caer en el etnografismo (por analogía con el “economicismo”), consistente en “pensar que todo puede captarse y explicarse por el hic et nunc del campo, que la “totalización” del objeto puede hacerse sin elementos exteriores de teorización, de observación y de puesta en perspectiva histórica” (p. 197).

Hay cinco peligros que acechan especialmente a la etnógrafa: el interaccionismo, el inductivismo, el populismo, el presentismo y el interpretativismo.

Primero, en contra del interaccionismo, toda etnografía debe ser estructural, o topológica, para superar el “individualismo moral” basado en una filosofía superficial de la acción.

Segundo, el paralogismo empirista, o ilusión del inductivismo, lleva a la etnógrafa a esperar de su objeto preconstruido que este le “hable” de sí-mismo. “Funes el memorioso” le sirve aquí para denostar tanto la “ficción de papel” de la grounded theory como el hiperempirismo de Bruno Latour. Concretamente: “la etnografía sin teoría no existe” (p. 203). Para articular observación y teoría, frente a propuestas como el estudio de caso extendido de Burawoy y el análisis abductivo de Tavory y Timmermans, Wacquant propugna la alternativa de la thick construction (opuesto racionalista al empirismo geertziano); ésta consiste fundamentalmente en una “construcción al cuadrado”: opera la construcción científica (analítica) de una construcción social ordinaria (indígena).

El enfoque bourdieusiano es congruente con las microsociologías constructivistas, simbolismo interaccionista, fenomenología schutziana, etnometodología y con la antropología simbolista de la cual Geertz es el portaestandarte histórico. Pero plantea además que la tarea del sociólogo —de campo o no— es el producir su objeto por un desplegar controlado de las categorías analíticas capaces de englobar las categorías indígenas, de establecer su génesis y sus usos, y de captar las fuerzas objetivas que le otorgan al mundo social su peso específico. Construir el espacio social en el cual los agentes ocupan puntos que informan sobre su punto de vista requiere herramientas teóricas sin las cuales este espacio permanecería invisible (p. 207).

El paralogismo del populismo es el tercer peligro a superar. Consiste en glorificar los modos de pensar, de sentir y de actuar de los agentes estudiados, cuando el investigador se ve llevado a simpatizar con éstos por más que sus acciones, decires o creencias puedan ser criticables y hasta repugnantes.

La epistemología populista consiste en otorgarle una primacía de principio al saber ordinario o experto de los agentes estudiados, y en hacer de sus categorías prácticas categorías de análisis. Encuentra su expresión en la “restitución” —o ritual de absolución etnográfica— que consiste en hacer validar sus interpretaciones por quienes son su objeto, como si estuvieran en condiciones de juzgar acerca de un análisis que pretende ser sociológico, y como si la relación de “información” entre el encuestador y sus encuestados fuera una relación abstraída de toda relación de fuerza (p. 216).

Por su parte, la trampa del presentismo lleva al etnógrafo a encerrarse en la inmediatez, prescindiendo de la doble historia que ha generado el agente como la institución.

Por último, el interpretativismo, que acecha a todo hermeneuta, lo lleva a derrapar en tres direcciones. La primera “consiste en proyectar en los sujetos estudiados la intención interpretativa que es la del etnógrafo a su objeto” (p.222); es la falacia escolástica o “intelectualista” reiteradamente denunciada por Bourdieu. La segunda dirección de derrape supone absolutizar el momento hermenéutico desgajándolo de su anclaje en la estructura social, como si el momento significante estuviera por así decirlo suspendido en el éter de las representaciones. En cuanto a la tercera forma, consiste en una reducción queteletiana puntos de vista diversos y rivales en un punto de vista genérico atribuido a un agente tipo que no es más que una ficción de papel: el “punto de vista del indígena”, ¿sería el de quién y en qué momento?

Para Wacquant, arrojar luz sobre los mecanismos de la dominación es la manera de dotar de armas a sus víctimas para poder defenderse mejor, vale decir para ser más libres. Bourdieu bien podría haber hecho suyo el apotegma “la verdad os hará libres”, si no fuera porque la verdad que él procuraba era la científica, y porque su idea espinoziana de la libertad se sitúa en las antípodas del evangelio de San Juan. Así, la ciencia social verdadera es la que permite tomar conciencia de las determinaciones a las que estamos sujetos y, en consecuencia, conduce a adoptar cursos de acción dirigidos a incrementar los márgenes de libertad de los agentes sociales. En esta perspectiva, los errores epistemológicos y metodológicos que pesan sobre las etnografías de los chicagoenses los llevan a propuestas de políticas públicas inaptas para mejorar las condiciones de vida de los sub-proletarios urbanos.

Ahora bien, en tanto aporte a la sociología de la sociología, la controversia relatada por Wacquant ilustra bien la dificultad para plantear una cuestión que hace a la posibilidad misma de la muy deseable consecución de un campo sociológico autónomo, cuando las diferencias entre sus integrantes redundan en tensiones imposibles de ser saldadas por medios estrictamente científicos. Si la historia de la controversia relatada muestra algo, es la imposibilidad de llegar a saldar controversias científicas en base a argumentos metodológicos y epistemológicos en situaciones en las que aquellas se encuentran sobredeterminadas por diferencias ideológicas, vale decir precisamente cuando ello sería más necesario. En este sentido, lograr hacer de la sociología un campo “como los otros campos científicos”, no parece ser una meta fácil de alcanzar.

Notas

1 Bourdieu, P. y Wacquant, L.J.D. (1992). An Invitation to Reflexive Sociology, Cambridge y Oxford, Polity Press. Sobre su carrera, ver la entrevista de Vandebroeck: Conceptos carnales en acción: la sociología diagonal de Loïc Wacquant. Encrucijadas., 23(3), e2305.
2 Se trataba de Sidewalk (1999) de Mitchell Duneier, Code of the Street (1999) de Elijah Anderson y de No Shame in my Game (1999) de Katherine Newman
3 Loïc Wacquant, “Scrutinizing the Street: Poverty, Morality, and the Pitfalls of Urban Ethnography,” American Journal of Sociology 107, no. 6 (May 2002), pp. 1468–1532.
4 Anderson, “The Ideologically Driven Critique” (p.1533-1550); Duneier, “What kind of Combat Sport is Sociology?” (p. 1551-1576); y Newman, “No shame: The View from the Left Bank” (p.1577-1599).
5 Concepción que hace a la base misma de la argumentación de Bourdieu y de sus coautores en El oficio de sociólogo (Buenos Aires, Siglo XXI, 1976).
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